| |
El Génesis y la Geología
I. La Biblia y La Ciencia
En el Génesis se describe el diluvio como una catástrofe
mundial que destruyó la mayor parte de la vida en este planeta
y alteró muchísimo la superficie de la tierra. La
interpretación científica popular de nuestros días
no incluye una catástrofe de tales proporciones. Esta omisión
es un notable cumplimiento de la predicción del apóstol
Pedro de que en los últimos días habría una
ignorancia voluntaria de la creación y del diluvio (2 Pedro
3: 3-6). Pedro podría haber especificado muchas otras ideas
bíblicas que serían ignoradas en los últimos
días. En lugar de la creación y del diluvio, el pensamiento
científico de nuestros días acepta conceptos evolucionistas
en el campo de la biología y la geología. Los que
se preocupan por la verdad tienen que decidir cuál de estas
posiciones opuestas es correcta. Puesto que la Biblia y la naturaleza
pueden ser fuentes de información y tienen el mismo autor,
a saber Dios, una 76 pregunta mejor sería: ¿Qué
verdad encuentro yo cuando miro tanto a la ciencia como a la Biblia?
Si hay una comprensión correcta, se esperaría que
ambas concordaran, y que cada una proyectara luz sobre la otra (White
1903, Pág. 128).
Se pueden encontrar una cantidad de referencias a una gran catástrofe
parecida al diluvio del Génesis en las leyendas de diferentes
regiones del mundo. De modo que la Biblia no es singular en este
respecto. Como se verá después, muchísimas
evidencias científicas también se relacionan con un
suceso tal como el diluvio descrito en el Génesis. De manera
que una premisa básica de este artículo es que una
persona que procura llegar a la verdad en cuanto a la historia pasada
del mundo, debiera investigar en todo lo posible toda la información
disponible, ya sea que ésta fuera esencialmente científica,
histórica o bíblica.
II. COMPROBACIÓN HISTÓRICA DE UNA GEOLOGÍA
QUE RECONOCE EL DILUVIO
A. General
La geología como estudio científico de la estructura
física, la composición química y la historia
de la corteza terrestre no surgió en su forma moderna hasta
los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, los escritos de los filósofos
y los teólogos de la antigüedad por lo menos especularon
en cuanto a la historia de la tierra. Los filósofos griegos
de la naturaleza, presididos por Tales y Anaximandro, trataron diversos
fenómenos geológicos, como la presencia de conchas
marinas fósiles y restos de plantas en lugares inesperados.
Los griegos presentaban explicaciones naturales que reflejan sus
conceptos del mundo: el mar una vez había cubierto grandes
porciones de tierra; inundaciones cíclicas habían
destruido toda vida y el barro había producido nueva vida;
constantemente la tierra y el mar intercambiaban sus lugares. Quizá
la teoría más popular y predominante era la de las
transgresiones marinas. Había desacuerdo en cuanto a la extensión,
la frecuencia y las causas de esos desbordes.
En siglos posteriores, los padres de la iglesia, tales como Tertuliano,
Crisóstomo y Agustín de Hipona, reinterpretaban los
misterios geológicos recurriendo al diluvio de los días
de Noé tal como se describe en el libro del Génesis.
Puesto que la ciencia medieval dependía de la teología
-especialmente debido a que la gente culta se encontraba en las
filas del clero- las características geológicas por
lo general eran interpretadas como una evidencia del diluvio bíblico,
o a lo menos como pruebas de la acción de un Dios todopoderoso.
Los filósofos que se ocupaban de la naturaleza no hacían
una clara distinción entre la ciencia y la teología.
Tanto la naturaleza como la Biblia se consideraban como una revelación
del poder y la majestad de Dios. En realidad, la mayoría
de los escritos que trataban de ciencia no se redactaron para ocuparse
del conocimiento científico. Más bien se usaba la
ciencia para ilustrar la teología o para ofrecer evidencia
de la obra de Dios en el mundo.
Con el Renacimiento, reapareció el interés en el estudio
de la ciencia. Se desarrolló la mineralogía. Leonardo
de Vinci consideraba los fósiles como restos de plantas y
animales antes que como caprichos de la naturaleza. El descubrimiento
de otras tierras hizo posible el estudio de fenómenos geológicos
en una escala mundial.
En el siglo XVII, los ingleses quedaron fascinados con especulaciones
en cuanto a la corteza terrestre. Thomas Burnet y John Woodward
se esforzaron por armonizar la geología con el relato bíblico
del diluvio. Persistían en creer que un diluvio universal
causado por Dios había provocado cambios que explicaban la
actual superficie de la tierra. Unos pocos trataban de describir
el diluvio del Génesis como un acontecimiento meramente local
restringido a Palestina y Mesopotamia, pero este punto de vista
era el de una minoría.
La geología moderna se desarrolló durante el siglo
XVIII quizá debido a la necesidad de un conocimiento práctico
de geología en los distritos mineros del noroeste de Europa.
Abraham G. Werner (1750-1817), mineralogista de la ciudad alemana
de Freiburg, introdujo la teoría del neptunismo en geología,
o geognosia, como él prefería llamarla. Los neptunistas
creían que un océano universal una vez cubrió
toda la tierra, incluso las montañas más elevadas,
y mantuvo en solución todos los materiales que se encuentran
en las rocas. La comprensión que tenía Werner de los
minerales le indujo a creer que la estratificación había
ocurrido en capas uniformes en todo el mundo, que las capas de rocas
se formaron a medida que el material de las mismas se precipitó
procedente de los océanos en cinco etapas bien definidas.
Esta ha sido llamada la teoría de las capas de cebolla.
Surgió una tendencia diferente, llamada vulcanista o plutonista.
Según este punto de vista, se necesitaron largos períodos
de tiempo, y su rígido empirismo negaba la posibilidad de
que hubieran actuado fuerzas sobrenaturales. Son características
las palabras de su paladín mejor conocido, James Hutton,
(1726-1797) de Edimburgo -"No encontramos vestigios de un comienzo,
ni perspectivas de un fin"-. En su Theory of the Earth (1795)
Hutton expuso su creencia de que todos los fenómenos geológicos
encontrados en la superficie de la tierra podrían ser explicados
por causas naturales que se pueden observar en la actualidad. Más
adelante este concepto llegó a ser conocido como la doctrina
del uniformismo.
Debido a que los uniformistas necesitaban un inmenso tiempo geológico
que contradecía la cronología en boga del arzobispo
Ussher (4004 AC, como fecha de la creación del mundo), y
como también el estilo literario de Hutton era confuso, muchos
fueron en pos de otras teorías geológicas. Uno de
los principales opositores del vulcanismo fue el barón Georges
L. Cuvier (1769-1832), que contribuyó al estudio de la anatomía
comparada y fue el fundador de la paleontología. Su teoría
del catastrofismo enseñaba que las catástrofes naturales
en varias ocasiones del pasado habían destruido todos los
seres vivientes, y que finalmente nuevos seres reemplazaron a los
que habían sido destruidos. De esa manera, ciclos de catástrofes
sucesivas fueron seguidos por creaciones sucesivas.
Convencido de la validez del concepto de las capas de cebolla, Cuvier
trató de aplicar sus principios al registro de los fósiles
postulando que los fósiles se encontraban en una secuencia
idéntica por todo el mundo, y que cada transición
fue causada por una catástrofe. El diluvio del Génesis
habría sido quizá la inundación final y la
más grave. Después de Cuvier, William Buckland fue
el principal organizador de la teoría catastrofista. El entrelazó
las teorías de Cuvier con el diluvio del Génesis.
Otros los imitaron. William Smith (1769-1839), agrimensor de profesión
y "padre de la geología inglesa", creía
que los fósiles aparecían en cierto orden y podían
ser usados para identificar los estratos. Otros se apoyaban en la
sucesión de la vida y llegaban a la conclusión de
que mediante los fósiles se podía fijar la edad de
cada estrato.
A fines de la década de 1820, la teología natural
y la ciencia parecían haber alcanzado una feliz armonía
expandiendo el relato del Génesis de una semana literal dedicada
a la creación a largas eras geológicas, cada una de
las cuales habría producido una forma más compleja
de vida que las precedentes. No se daba más importancia geológica
al acontecimiento del diluvio. Si había ocurrido, o se lo
consideraba solamente de una extensión limitada o bien como
una de muchas otras catástrofes.
En 1803, John Playfair redactó la teoría de Hutton
en una forma más comprensible, pero la teoría revolucionaria
del uniformismo no fue aceptada hasta que Sir Charles Lyell (1797-1875)
la hizo revivir, la sintetizó y la popularizó en su
obra Principles of Geology (1830). El sostenía que el uniformismo
era el principio que permitía explicar los acontecimientos
geológicos por medio de leyes naturales. Logró convencer
a la mayoría de los hombres de ciencia de que el estado actual
de la tierra no se había producido por actos divinos de creación
hace 6.000 años, ni por la acción de las aguas del
diluvio del Génesis. Pretendía que más bien
la forma actual de la tierra es el resultado de la acción
gradual de fuerzas naturales observables que operan movidas por
leyes físicas inmutables a través de inmensos eones
de tiempo. La aceptación generalizada de su teoría
preparó el camino para la evolución biológica
de Darwin.
De modo que, a mediados del siglo XIX el uniformismo se había
afirmado como el principio fundamental que influyó en la
evolución del pensamiento geológico del siglo siguiente.
El diluvio del Génesis fue reducido por muchos a un mero
acontecimiento local de la Mesopotamia, la más grave de una
serie de catástrofes, o sencillamente a un mito.
Sin embargo, en décadas recientes el uniformismo ha sido
puesto cada vez más en duda, y el catastrofismo, el concepto
de que el ritmo normal de los procesos geológicos es interrumpido
periódicamente por sucesos insólitos, está
ganando el apoyo aun de aquellos que no aceptan la idea de la intervención
de algo sobrenatural en el mundo. En forma más detallada,
estas tendencias actuales de las teorías geológicas
se tratan en la sección V.
|
|