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Pedro y las Manzanas
PEDRO Y LAS MANZANAS
Por Sara de Rodriguez
Pedro observó las grandes y hermosas manzanas rojas que estaban arregladas prolijamente en canastos frente al mercado del señor Pasarella. ¿Estaría muy mal si él sacara sólo una manzana sin pagar por ella? ¡Tenía tanta hambre! La madre no había tenido dinero para comprar comida esa semana. Pedro había ido a la escuela sin desayunar, y ahora, él lo sabía, no tendría mucho para comer en su casa. En realidad no habría una buena comida hasta la semana siguiente, cuando la madre cobraría su sueldo. Le dolía el estómago de hambre, cuando reparó en las manzanas.
Se le humedecieron los labios al pobre Pedro. ¡Mm! ¡Cómo quería comerse una manzana, o cualquier otra cosa! Si él fuera lo suficientemente rápido, podría conseguir una. Entonces no le dolería tanto el estómago.
En ese momento se dio vuelta y vio una barra de muchachos, mayores que él, que se decían cosas en voz baja y se reían junto al comercio de al lado. Tenían las cabezas juntas, pero de tanto en tanto miraban hacía las frutas y verduras del señor Pasarella.
Pedro observó que uno de los muchachos alejándose del grupo, caminó hacía donde él estaba y, mientras pasaba, estiró la mano y se llevó una manzana. Después otro muchacho hizo lo mismo. Y otro. Uno por uno todos los muchachos pasaron a su lado y sacaron una manzana de los canastos y se la pusieron en el bolsillo. Luego se reunieron en el cine, que quedaba enfrente.
“¿Por qué, por qué están ellos comiendo manzanas? –se preguntaba Pedro-. Y ni siquiera les importa si alguien los ve”.
Los muchachos se alejaron, y Pedro volvió a observar las manzanas que estaban en la parte de más afuera del mercado. Habían actuado tan natural y rápidamente que nadie los había visto. Nadie los había castigado. Tal vez él podría hacer lo mismo. Ahora sentiría que su estómago le dolía más que nunca. ¡Qué hambre tenía!
Pedro miró a su alrededor. Nadie lo estaba observando; al menos él no pudo ver a nadie. El peatón que pasó a su lado no le prestó ninguna atención. Ahora había llegado el momento de actuar, si es que iba a hacer algo, como le había llegado el momento de actuar, si es que iba a hacer algo, como lo habían hecho los otros muchachos.
Las manzanas parecían tan rojas, tan brillantes, ¡Y tan deliciosas! Oh, llevaría una, sólo una. Y cuando fuera grande y tuviera trabajo, ciertamente le pagaría al señor Pasarella por lo que había tomado sin pagar. De esa manera, no estaría en realidad robando, arguyó para sí.
Y se acercó un poquito más a las manzanas. Entonces, conteniendo el aliento. Comenzó a estirar el brazo. Pero algo lo detuvo. Y justo a tiempo, porque vio a un hombre de delantal blanco que salía del comercio. Era el empleado, que tenía una gran bolsa en la mano. Comenzó a llenarla con papas para un cliente. Pedro esperó hasta que el empleado hubiera entrado.
“Ahora –decidió-, voy a pasar como quien no quiere la cosa frente al comercio, y tomaré una manzana. Luego seguiré caminando por la cuadra, me meteré en el pasillo más cercano y me comeré la manzana”.
Pero de algún modo experimentaba un sentimiento extraño. ¿Es que alguien lo estaba observando? Pedro miró hacía arriba y hacía debajo de la calle. Parecía que nadie le prestaba atención. Sin embargo, el sentimiento persistió. Miró otra vez. En ese momento no había absolutamente nadie.
Entonces le vino a la mente la idea de que tal vez Dios lo estaba observando. Recordó que su madre, que era cristiana, le decía que el Señor estaba siempre con uno, ya fuera rico o pobre. Y si la mamá decía eso, debía ser así.
O tal vez había algún policía observándolo. Ese pensamiento atemorizó a Pedro. ¿Podría ser que el policía lo llevara preso por robar una manzana?
O quizá lo estaría observando su mamá, ¡No sería terrible que ella lo encontrara robando? Bien sabía que ella no quería que él robara. “La Biblia dice que no debemos robar” le había enseñado ella muchas veces. Era mejor no tener muchas cosas, que tenerlas robadas. Pedro era todo lo que ella tenía, ella se lo había dicho muchas veces, y él debía ser siempre un muchacho honrado.
Pero Pedro tenía hambre. Además, los otros muchachos se habían llevado varias manzanas y parecía que nadie los había visto. Tampoco nadie los castigado. Además, él sería cuidadoso, y nadie lo vería.
Trató otra vez. Pero esa sensación de que alguien lo estaba observando persistió. No quería que nadie lo descubriera robando. Tal vez no debía llevar a cabo lo que había estado planeando. Echó una mirada otra vez a la fruta que brillaba en los canastos, enfrente del mercado. ¡Estaba tan tentadora! Las punzadas de dolor por el hambre volvieron. Sentia más que nunca que necesitaba comer algo, tener siquiera un pedazo de esa fruta brillante. Luchó consigo mismo. Entonces pensó en Dios, en la Biblia, en su madre, y elevó una oración. De repente se dio vuelta. “Mamá recibirá su pago la semana que viene-se dijo así mismo-. Tal vez ella pueda comprar algunas manzanas entonces”.
Pedro dio un largo suspiro y se encaminó hacía el comercio de al lado. Luego, se dio vuelta y se dirigió a su casa. Tenía que pasar otra vez frente al mercado del señor Pasarella. Al hacerlo, observó que a la entrada del comercio se hallaba un hombre corpulento, gordo, de grandes bigotes negros, con un delantal blanco, de pie, mirándolo ¡Era el señor Pasarella! ¿Habría estado allí todo el tiempo? El muchacho tragó saliva. ¿Cuánto se alegraba de haber resistido a la tentación! Sabía que alguien había estado observándolo y ahora se alegraba que no había deshonrado a nadie, a sí mismo, al Señor o a su madre.
Pero luego se puso pálido. ¡El señor Pasarella lo estaba llamando! Pedro se dirigió hacía èl, con el corazón en la boca, esperando que el comerciante no hubiera leído sus pensamientos. El señor Pasarella tomó la manzana más grande y brillante que pudo encontrar en los canastos que estaban enfrente del comercio. La pulió contra su delantal y la levantó como para que Pedro pudiera apreciar toda su belleza. El gran hombre se sonrió le dio unas palmaditas en la espalda al muchacho, y colocó la gran manzana en su mano. –nunca, nunca robes, muchacho-dijo, mientras se le asomaban lágrimas en los ojos-. Te aseguro que vale la pena ser honesto.
Fonte: www.MinisterioBullon.com
Por: Sara de Rodriguez
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