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La Muñeca de Maíz





Misi era una muñeca de de maíz. Pertenecía Teresa, una niñita que vivía en el campo, cerca del río Misisipí. Teresa había llamado a su muñeca con el mismo nombre del río, pero como era muy largo, lo acortó y la llamaba simplemente, Misi.

Teresa pensaba que Misi era preciosa. En realidad. Misi fue la primera y única muñeca que Teresa había tenido en su vida. Y ella quería tanto a su muñeca que la llevaba consigo a todas partes adonde iba. Misi estaba hecha de maíz. Sus brazos y sus piernas estaban hechos de tusas o marlos, sus ojos eran dos grandes granos de maíz, y su pelo era de barba de maíz. Hasta su vestidito era de hojas secas de maíz que Teresa había teñido de diferentes colores con el jugo de varios vegetales. Sólo su cuerpo no estaba hecho de maíz, sino que estaba relleno de algodón.

A Teresa le gustaba mucho hacer cosas para Misi. La mayoría de ellas eran de granos de maíz que había cocido con aguja e hilo. A veces le hacía largas cadenas de otras semillas, como sandía, calabaza, pepinos, o de alguna otra cosa. Otras veces usaba frijoles, habas, o arvejas, cuando no estaban demasiado secas para enhebrar con la aguja. A éstas también a menudo las tenía con jugos de remolacha, para que fueran rojas, de espinaca para las verde, y de fresas para las azules y las moradas.

Una primavera, el río Misipí comenzó a crecer y a crecer. Generalmente, alcanzaba a cierto nivel y se mantenía allí, pero esta vez, el río creció tanto que lo inundó todo. Matas, plantas, animales muertos, los árboles arrancados de raíz, todo flotaba y pasaba frente a la casa de Teresa, llevando por la corriente enfurecida.

Teresa oró a su Padre Celestial por ayuda. Los representantes de la Cruz Roja vinieron en un bote para llevar a Teresa y a su familia a una zona donde no había peligro.

-No pueden traer muchas cosas consigo –anunció la señora de la Cruz Roja-. Debemos dejar lugar para otra gente. Teresa abrazó fuertemente a Misi. Peri Misi es un muñeca –dijo con lágrimas en los ojos. –Bueno, trae tu muñeca contigo-dijo uno de los empleados de la Cruz Roja amablemente.

Teresa envolvió, alrededor de su cintura, y también alrededor de la cintura de su muñeca, algunos de los collares que le había hecho a Teresa. Creyó que le servirían para hacer muchas cosas.

La familia de Teresa fue llevada a un campamento que habían hecho para los refugiados que estaban en la zona de inundación. Había ocho mil personas allí, y todos los encargados estaban muy ocupados en proveerles alimento, frazadas, catres y ropa seca a los que los necesitaban.

Teresa llevaba a Misi consigo todo el tiempo, y cuando los otros chicos se referían a ella diciendo “Misi, esa muñeca rara”. Teresa se sentía triste y hasta se enojaba: -Ella no es rara como dicen ustedes. Teresa nunca antes había visto a tantos niños juntos. Además, había muchos juegos para jugar, y algunas personas contaban historias y mostraban libros con figuras bonitas. A Teresa le gustaba la vida del campamento.

Finalmente terminó el invierno y el río comenzó a bajar. La familia de Teresa y las otras familias pudieron regresar a sus hogares. Limpiaron el fango de las casas que el agua había destrozado.

La primavera había avanzado ya y era demasiado tarde para sembrar lo que habitualmente solían cultivar en esa región. Un día, el papá de Teresa, mirando los campos, comentó.

-La inundación se ha llevado todas nuestras semillas. Y lo que no ha sido arrastrado por el agua se ha echado a perder. Es demasiado tarde, ero si tuviéramos algunas semillas, yo sembraría alguna cosa de todas maneras. El clima está propicio para sembrar una huerta.

Teresa sabía que Jesús los ayudaría, así que se puso a orar. Al terminar su oración, una idea vino de súbito a su mente: -Tal vez Misi nos deje algunos de sus cinturones y collares –le dijo Teresa a su padre-. Y puedes tener todos los míos, si los quieres, papá.

El papá la miró con una expresión de asombro. –Yo dije semillas, Teresa, para el huerto. Teresa, sonriendo dijo: -Si, yo sé, papá. Mis collares y cinturones y los de Misi están hechos de semillas, algunas teñidas de rojo, otras de verde y otras de azul. Pero podrían crecer. Y Teresa le alcanzó sus collares que de juego ella había hecho y todas eran de semillas para que los viera mejor. El los observó y dijo:-Bueno, bueno. ¿Los tenías cuando estuvimos en el campamento de la Cruz Roja. –Si, una de las enfermeras quería que yo tirara. “esa basura”, como las llamó. Pero yo no quise. Yo me puse a llorar y al fin ella permitió que las guardara.

A Misi le gustan sus collares, pero yo estoy segura que a ella no le va a importar que tú plantes las semillas. Yo puedo hacerle otros en el próximo otoño. –Está bien. Teresa. –dijo el padre sonriente.

Teresa, con Misi en sus brazos, observó como su padre plantaba las semillas. En pocas semanas los brotes del maíz comenzaron a aparecer. Algunas semillas no germinaron, pero otras si. Había también brotes verdes de calabazas, pepinos, melones, sandías e hileras de frijoles. Un poco más adelante sacaron algunas semillas de algodón que rellenaba el cuerpo de Misi y las sembraron también.

Aquel otoño, cuando el papá vendió algunos de los productos que habían crecido, trajo del pueblo una hermosa muñeca para Teresa. Todos admiraron la nueva muñeca, pero ninguna, por más bonita que fuera, le parecía tan querida a la familia de Teresa como la pequeña Misi, la cual Jesús había utilizado para contestar la oración llena de fe de una niñita.

Teresa se hizo nuevos cinturones, y cadenas y collares para sí misma y para Misi aquel otoño, y mientras los colgaba en hilera en su casita de juegos, decía: -Uno nunca sabe cuándo puede venir otra inundación, Misi, Uno nunca sabe.


 

 
 
 
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