Guillermo y Jorge eran muy buenos amigos, y hacían casi todas las cosas juntos. Toda la primavera y el verano habían estado trabajando en el arroyo tratando de hacer un dique bastante alto como para bañarse. El dique estaba en un hermoso lugar, con árboles a ambas orillas del arroyo. Estos árboles tenían las ramas dispuestas de tal manera que se podían colocar cuerdas como para columpiarse de un lado a otro del arroyo. Especialmente en los días de calor el lugar era muy tentador. Los muchachos pasaban la mayor parte de su tiempo allí.
En la casa, a Guillermo le habían dicho más de una vez que les diera de comer a las gallinas o que hiciera alguna otra cosa que se debía terminar antes de ir a jugar al arroyo. Jorge tenía el mismo problema, pero como su hermano mayor hacia mucho de su trabajo, generalmente terminaba las tareas antes que Guillermo. Así y todo, se les hacía fácil a los muchachos concentrarse en sus quehaceres mientras construían el dique.
Un día, bastante tarde ya, Jorge terminó sus tareas y se apresuró a ir a la casa de Guillermo. Este tenía que ordeñar las vacas todavía. Jorge se apoyó contra la puerta del establo y observó como Guillermo trataba de librarse de su trabajo lo antes posible.
-¿Cuánto tiempo calculas que necesitas para terminar?.- preguntó Jorge.
- Creo q ue unos cuarenta y cinco minutos- contestó Guillermo.
-¿Qué? ¡Cuarenta y cinco minutos!-Replicó Jorge-. ¿Por qué no vamos al arroyo ahora? Podríamos acabar el dique, y luego rápidamente terminaremos nuestras tareas. ¿Qué te parece?
Guillermo hizo una pausa.
-Esta bien.-Y se levantó para dirigirse al gallinero y pedirle permiso a su papá.
Regresó a paso lento, y con la cara fruncida dijo:
-Dice papá que tengo que terminar de ordeñar. Que debía haber hecho esta tarea ya hace una hora. Además, las vacas se están poniendo inquietas; él y mamá van a ir a casa del abuelo.- Papá le va a ayudar a poner el alambre de púa.
Guillermo pateo un poco de paja con al punta de su bota y añadió:
-Creo que voy a tener que limpiar también. Ellos se van por dos horas.
-Bueno, será mejor que te ayude- se ofreció Jorge
Los dos muchachos comenzaron a trabajar juntos para terminar lo antes posible.
Justo entonces el papá vino al establo.-Cuando termines de ordeñar, puedes ir al arroyo por un rato. Y entonces vuelves y terminas de limpiar- le dijo el papá, añadiendo-: Y si no hubieras terminado cuando yo vuelva, te ayudaré.
-Esta bien-asintió Guillermo. Cuando los padres se fueron, Guillermo y Jorge continuaron trabajando apresuradamente.
-¿Y por qué n ir al arroyo primero?- sugirió Jorge mientras se apoyaba en uno de los postes y observaba cómo Guillermo ordeñaba una de las vacas-. Podríamos trabajar juntos en el dique por media hora y entonces volver y terminar con el ordeño. Si esperamos, se va a hacer oscuro y no vamos a poder ver nada allí. Nada sería más sabio que ir ahora.
Guillermo vaciló, y dejando de ordeñar, miró a Jorge:- Le prometí a papá—Pero…sino estuviéramos demasiado tiempo…-Luego, retirando su banquito de ordeñar, agregó-: Bueno, vayamos.
Lo dos muchachos corrieron hasta el arroyo, y pusieron manos a la obra. En quince minutos ya tuvieron otra hilera de piedras y palos en su lugar. Un poco de barro, hijas y hierba metida aquí y allá completarían el dique.
-Casi podríamos terminarlo ahora-sugirió Guillermo, mientras continuaba trabajando con entusiasmo.-Si tapamos dos salidas d agua más, terminamos- comentó Jorge.
Les llevo más tiempo del que habían esperado el cerrar las dos salidas de agua. Finalmente Jorge, poniéndose de pie, se dio cuenta de que las sombras estaban muy largas.- Oh, tienes que terminar de ordeñar. Mejor vayámonos en seguida o tus padres volverán antes de que terminemos.
-Cortemos camino a través del campo- gritó Guillermo mientras comenzaba a correr. Rara vez tomaban la parte norte del prado de pastoreo porque generalmente estaba muy húmedo, pero ahora el tiempo era muy importante, y no había un camino más corto. Los muchachos corrieron a través del lodo, pero afortunadamente el suelo se volvía cada vez más duro y se les hizo más fácil correr.
-Esta esa cerca de piedra. Saltaremos por encima y entonces, con un poquito más de camino, ya estaremos en el establo- propuso Guillermo respirando dificultosamente mientras seguía corriendo al lado de Jorge.
- Te juego una carrera hasta la cerca- dijo Jorge, haciendo un esfuerzo<o extra. Pero los muchachos llegaron a la cerca al mismo tiempo y empataron. Entonces, les pareció que el tiempo se detenía. Las ranas dejaron de croar. Los pájaros dejaron de cantar. Toda la naturaleza parecía estar lista para presenciar un desastre. Los muchachos se detuvieron, como congelados. Allí, rodeándolos, se hallaba una familia de cinco zorrinos. Jorge y Guillermo miraron a los zorrinos y se miraron entre sí.
- ¡Salta sobre la cerca! – exclamó Guillermo. Los dos muchachos se dieron vuelta al mismo tiempo y chocaron entre sí, con lo que perdieron el equilibrio y cayeron juntos al suelo. Chorro tras chorro, un líquido oloroso y amarillento cubrió a los muchachos. Tosiendo y atorándose, trataron de ponerse de pie. Finalmente, se dirigieron hacia el arroyito que había precisamente detrás del galpón. Los muchachos se quitaron la ropa y trataron de limpiarse del olor restregándose con arena. Después de un tiempo ase acostumbraron un poco al olor. Entonces Guillermo recordó que debía ordeñar.
- Si terminamos de ordeñar ahora, por o menos no voy a tener problemas en cuanto a eso. Apenas los muchachos entraron al establo, als vacas perecieron darse cuenta de que ellos venían. ¡Y que confusión armaron! Patearon en el suelo, y se empujaron una s a otras. Levantaron la cabeza y empezaron a mugir.
- Trata de distraer a esta vaca con paja o alguna cosa mientras yo procuro ordeñarla- le dijo Guillermo a su amigo, mientras se sentaba en el banquito.
Le llevó más tiempo del acostumbrado el ordeñarla. La segunda vaca no se portó tan mal, y la tercera le dio solamente un poquito de problema, pero por alguna razón no le dio suficiente leche. Guillermo había terminado de echar la leche en el balde grande cuando advirtió las luces del camión, que llegaban hasta el patio. También Jorge las vio, así que tomó su chaqueta, se escurrió por la puerta y se dirigió rápidamente a su casa. El papá se encaminó directamente al establo, apretándose la nariz. – Se me ocurre que alguien aquí ha tenido problemas con algún zorrino- comentó. Entonces, acercándose a Guillermo, husmeó un poco y dijo: - ¿Qué te paso?
Guillermo le contó lo de los zorrinos, pero fue suficientemente cuidadoso como para no dar razón por el ordeño tardío.
-Es mejor que vayas y abras algunas latas de jugo de tomate y te laves con ese jugo. Yo voy a enterrar tu ropa y terminar con los trabajos- dijo el papá.
Cuando terminó las tareas, el papá entró a la casa, y olfateó otra vez. – Pareciera que vas a tener que dormir en el porche de atrás, porque hueles demasiado- comentó entre serio y divertido. La mamá y Guillermo se rieron, pero el padre se puso serio y preguntó: -Guillermo, ¿volcaste algo de leche? Guillermo miró hacia el suelo. - ¿Y cuándo hiciste el ordeño? Guillermo se puso rojo y comenzó a tartamudear. Entonces contó toda la historia:
- Lamento haberte desobedecido y causado problemas y pérdidas- comentó.
El papá lo miro directamente en los ojos. –Yo también lo siento. Lo que más duele es que tú has faltado a vuestro contrato. El que seas una persona deshonesta, no digna de confianza, me duele más que ninguna otra cosa.
Guillermo estuvo silencioso por un largo rato. La mirada de su papá le derretía el corazón. Entonces dijo:
- Perdóname, papá. Con la ayuda de Dios trataré de no herir5te más y nunca más faltaré a nuestro contrato.
El papá, poniendo su mano sobre el hombro de Guillermo le dijo:
Tal vez el olvidarte del proyecto del dique por algunos días te ayudará a recordar esto.