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Cada Hacienda Necesita un Perro
Oí ladrar a un perro anoche-le dijo el señor Pinzón
mirando fijamente a su nieto Miguel, que estaba tomando el desayuno.
Miguel, dejando la cuchara suspendida en el aire, replicó:
-Tal vez haya sido un coyote. –No, era un perro. Sonaba como el
ladrido de ese perro ordinario que tú le diste al policía,
el señor Alcalá. –Pero Capitán no es un perro
ordinario, abuelo. Es un labrador de pedigree. O casi puro. Además,
yo…
-Sí, ya sé, se lo llevaste al policía. –interrumpió
el abuelo-. Pero tengo la sospecha de que encontró el camino
de regreso y de que tú lo estás escondiendo en alguna
parte, ¿verdad? –Si, abuelo. Esta en el galpón viejo,
junto al corral. – dijo con un suspiro Miguel, quien ya debía
haber aprendido desde los tres veranos que había pasado en
la hacienda que no podía ocultar nada de la vista penetrante
del anciano. Pero nosotros tenemos que retenerlo, abuelo. –agregó
Miguel. Cada hacienda necesita un perro. –Pero no mi hacienda –exclamó
éste enfáticamente.
Miguel frunció el entrecejo al recordar vívidamente
aquel día en que había atraído al gran perro
desde la ciudad. -¿De dónde vino ese perro? –había
preguntado el abuelo. –El señor Alcalá, el policía,
me lo dio – había contestado Miguel. -¡Pues llévatelo
de regreso! –le había ordenado su abuelo, y luego se fue.
¿Por qué abuelo no quiere perros? -había preguntado
Miguel a uno de los capataces de su abuelo. –Es que tu abuelo sabía
criar ovejas, Miguel. Y el capataz se echo el sombrero hacia atrás-.
Un verano vino una jauría que se escondió en la montaña
y mató cientos de ovejas. Tu abuelo casi tuvo una quiebra.
Desde entonces, no puede ver perros ni en figuras.
Pero el abuelo ya no cría más ovejas, sino reses.
-No importa –dijo el capataz.. Tú no puedes quitarle a tu
abuelo la idea que les tiene a los perros más de lo que puedes
detener un ciclón. Es mejor que tomes ese perro, se lo devuelvas
al policía, y lo olvides para siempre.
Miguel se había obligado a si mismo a seguir el consejo del
capataz, y pensó que éste sería el fin de todo.
Pero la noche anterior el gran perro había vuelto al rancho.
La voz del abuelo trajo a Miguel a la realidad del presente.
-Parece que va a llover esta mañana, y me gustaría
que me ayudarás a contar los novillos que hay en la colina.
Y tan pronto como volvamos, este perro se vuelve a la ciudad.
-Bueno, abuelo –dijo Miguel-. Pero creo que debo darle antes algo
de comer y un poco de agua. –Pues apresúrate, y nos encontramos
en el coral.
Miguel sacó un poco de comida y agua de las gallinas y se
apresuró a llevarlo al galpón. El gran perro se puso
tan contento que ni olió esa comida. Miguel le acarició
la cabeza y le rascó alrededor de las orejas. El perro cuan
grande era saltó y se apoyó en el hombro de Miguel,
corrió hacia la puerta y luego volvió hacia donde
estaba el muchacho y comenzó a mirarlo como pidiéndole
algo. –Lo siento, Capitán, no te puedo dejar salir –le dijo
Miguel, poniéndole la mano en la cabeza. –Quieto –le ordenó
y salió apresuradamente por la puerta. La cerró bien
detrás de sí y corrió para reunirse con su
abuelo en el corral.
El perro lanzó unos aullidos, y luego un quejunbroso lamento.
–Perros! –murmuró el abuelo mientras saltaba sobre el caballo.
Esperó a que Miguel montara el suyo, y ambos se dirigieron
hacia las colinas. Antes de que abuelo y nieto hubieran andado un
kilómetro, las colinas aparecieron envueltas en lluvia.
-Parece que la atormenta viene hacía aquí –comentó
Miguel.. –Sí. Y el Arroyo Grande se pondrá correntoso
enseguida –añadió el abuelo. Mientras el abuelo hablaba,
se oyó un ladrido detrás de ellos, y pronto Capitán
estuvo a su lado. -Le apuesto que se escapó-dijo Miguel.
–Te apuesto que sí –contestó el abuelo. –Lo llevaré
a casa y luego vendré con usted –se ofreció Miguel.
–No hay tiempo para eso. Seremos afortunados si podemos cruz<ar
el Arroyo Grande ahora –dijo el abuelo con el entrecejo fruncido-.
Ese perro tendrá que venir con nosotros.
Y el abuelo espoleó su caballo para que comenzara a galopar.
Miguel lo siguió. Capitán, con la lengua afuera, trataba
alegremente a su lado. Cuando llegaron al Arroyo Grande, el agua
que corría atendería unos 30 centímetros de
profundidad.. –Quédate aquí por un momento mientras
observo –dijo el abuelo-. De pronto algo como un rugido resonó
desde arriba. Los ojos de Miguel se agrandaron de terror al ver
la pared de agua de color pardo que se acercaba llevándolo
todo por delante.
-¡Abuelo! ¡La creciente! –gritó Miguel, pero
su advertencia llegó demasiado tarde. Hombre y caballo habían
desaparecido bajo la rápida y arremolinad corriente de agua.
Miguel galopó río abajo por la orilla hasta que vio
que el caballo de su abuelo nadaba con denuedo hacia la orilla opuesta.
También advirtió la cabeza del abuelo que surgía
a la superficie. Las manos del abuelo trataban de asirse de algo.
Miguel se bajó rápidamente del caballo, tomó
el lazo y corrió a lo largo de la barranca del río.
Capitán corría a su lado. -¡Abuelo! –gritó
Miguel cuando el hombre se sumergió otra vez. Entonces Capitán
ladró fuertemente y se lanzó al agua. Cuando el abuelo
emergió otra vez del agua más allá, corriente
abajo, Capitán nadó hacía él. La mano
del abuelo pudo asirse fuertemente del collar del perro. Capitán
trtó de dirigirse hacia la orilla, luchando con el peso del
abuelo.
-Aquí, Capitán, aquí! –Lo animaba Miguel, corriendo
a lo largo de la barranca, tratando de mantenerse a la par de la
corriente que parecía querer llevarse al abuelo y perro juntos.
En ese momento la cabeza de Capitán se sumergió bajo
el agua. El corazón de Miguel parecía haberse detenido
por el temor. Después de unos instantes que parecieron siglos
el perro y el abuelo reaparecieron en la superficie, un poco más
cerca de la orilla.
-Agárrate de la soga, abuelo! –gritó Miguel mientras
la hacía zumbar en forma de lazo lanzándola hacia
el abuelo. Pero ésta no llegó a su destino. Miguel
volvió a enrollar la soga otra vez, y la lanzó fuertemente
de tal manera que esta vez llegó hasta el objetivo. Y en
pos minutos ambos, el abuelo y Capitán estaban en la barranca.
El abuelo tosía y estornudaba, acostado sobre su estómago.
Miguel se inclinó hacía él. ¿Se siente
usted bien, abuelo? –le preguntó ansiosamente. Capitán
hizo alejar a Miguel del lado del abuelo y lo olfateó. Entonces,
emitiendo un suave lamento el perro comenzó a lamer las mejillas
del abuelo.
Esta acción hizo que el abuelo cambio de opinión respecto
a Capitán y desde ese momento el perro fue bienvenido a la
casa del abuelo siendo el perro preferido de éste.
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