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¡Conserva Tu Farol!





La historia de hoy, trata de Carlitos y lo que le ocurrió por no obedecer a su madre.

Va a estar muy oscuro antes de que vuelvas, Carlitos; no olvides de llevar el farol - dijo cierta madre a su hijo que iba a pasar medio día en una finca a casi una legua de distancia. - No tengo miedo a la oscuridad, y, además, conozco el camino bastante bien - contestó Carlitos. - No quiero llevar el farol, pues sólo me será de estorbo.

De modo que se fue a pasar una tarde alegre con sus compañeros, no pensando más en las palabras de su madre, ni afligiéndose en cuanto a su vuelta a casa.

Ya venía la noche cuando Carlitos se despidió de sus amigos; y como no había luna iba a ser oscuro para caminar. Se le ofreció una linterna, pero no quiso aceptarla, ya que se había jactado ente su madre de que conocía bien el camino. Aún más, dijo que podría recorrer el camino aun cuando tuviese los ojos vendados, y que ya habría recorrido la mitad de la distancia antes de que hubiese necesidad de encender el farol.

De manera que echó a correr a través del campo. En un lugar por el cual tenía que pasar había un portillo cuyas tablas estaban medias rotas. Una parte del portillo se había podrido, pero aún quedaba un largo clavo, el cuál enredándose n el saco del muchacho mientras él trepaba, le hizo caer en medio de unas ortigas en la acequia, que se hallaba entonces, por fortuna, seca. Lastimado y mortificado, salió arrastrándose de la acequia y empezó entonces a atravesar el bosque.

Había varias sendas, pero la más ancha y frecuentada era su camino más corto a casa.

Tal vez era el dolor que sentía, o posiblemente la perturbación, lo que le hizo olvidar que tenía que doblar hacia la derecha. Después de andar una corta distancia halló que los arbustos venían estrechando por cada lado, y sospechó que había entrado en algunas de las sendas que cruzaban el bosque en toda dirección. ¡Cómo deseaba entonces tener un farol! No sabía dónde ir, así que siguió adelante, hasta que estuvo cansado y le dolían muchísimo los pies.

Por fin llegó a una parte más rara del bosque, y pensando que ya había llegado al camino, aceleró el paso con toda determinación, pero sintió de repente que el suelo se hundía bajo sus pies, y un momento después se hallaba luchado en el agua. Era un charco muy hondo, y después de buscar algo de que asirse, se tomó por fin de una rama fuerte, pudiendo salir del agua y hallar la senda nuevamente.

Unos minutos más tarde, lastimado, sangrando y con la ropa desgarrada, manchada con lodo y empapada de agua, llegó al portón de su casa, donde toda la familia lo esperaba sumamente extrañada por su demora.

- Mamá - dijo el infortunado y arrepentido niño, - he sido muy tonto al no seguir tu consejo.

Habían pasado varios años y Carlitos, un joven alto y de buen parecer, estaba de pies parado junto al portón, despidiéndose de su madre, no por pocas horas ni meses, sino tal vez por años.

- No te olvides nunca de llevar el farol contigo, hijo mío, - dijo su madre, mientras le colocaba una Biblia en la mano. - Deja que la Palabra de Dios sea la lámpara para tus pies y una luz para tu senda. Siempre que tengas duda en cuanto al camino que debes tomar, deja que la luz de este Libro ilumine tu senda, y entonces todo se aclarará.

 

 

 
 
 
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