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El Pequeño Ladrón Gris
A ¿cuantos de ustedes le gustan los caramelos?, son muy ricos
¿verdad? Aunque comerlos en exceso pueden perjudicar nuestra
salud y la de nuestros dientes.
Después de haber terminado de repetir su oración,
y cuando estaba lista para apagar la luz y meterse en la cama, Leonilda
dijo:
- Buenas noches, mamá.
- Buenas noches, querida; que sueñes con cosas lindas - dijo
la mamá desde la silla en otra pieza, donde estaba sentada
con un libro.
Leonilda apagó la luz. Luego se acordó de algo y la
encendió de nuevo. - Me había olvidado de mis caramelos
- explicó la niña cuando volvió de la cocina,
trayendo dos caramelos en su envoltura de papel plateado.
- No los comas esta noche, querida - dijo la mamá con una
sonrisa.
-¡Oh no! No quería comerlos. Pero son tan lindos que
quise guardarlos en mi cajón.
La mamá le sonrió, y volvió a dar las buenas
noches a su hija antes de reanudar la lectura. Escuchó un
momento, y oyó que Leonilda abría el cajón
de su cómoda y guardaba los caramelos en una caja. Luego
volvió a cerrar el cajón y apagó la luz. Al
rato la respiración serena de la niña indicó
a la madre que su hijita se había dormido.
La mamá dejó de leer y se puso a pensar. Hacía
varias semanas que Leonilda había estado guardando caramelos
en una caja; no todos los caramelos que recibía, sino los
más lindos. Se comía los que estaban rotos, mal formados,
pero guardaba los mejores en una linda caja que tenía en
el cajón de su cómoda.
- Es una afición rara, pero de buen gusto - pensó
la mamá mientras recordaba todas las clases de caramelos
que Leonilda había estado guardando. - Me pregunto cuando
se propone comerlos. Espero que no se los coma todos de una vez.
Pero yo le he enseñado que debemos ser temperantes, y estoy
segura que tendrá buen juicio.
Y pensando así, la mamá se fue a acostar y apagó
la luz. No tardo en dormirse y todo quedó en silencio en
la casa.
De repente Leonilda se despertó, y escuchó atentamente,
pues le pareció haber oído cierto ruido.
Dicho ruido parecía provenir de la cómoda, y al ratito
se reanudó. Leonilda saltó de la cama, encendió
la luz y abrió el cajón de la cómoda donde
estaban sus caramelos. Se asustó al ver que un ratón
gris saltaba del cajón y, corriendo por el piso, desapareció
en las tinieblas.
- ¡Un ratón! - gritó la niña, metiéndose
nuevamente en la cama y escondiéndose bajo las frazadas.
Pero el ratón no volvió, así que Leonilda regresó
al lado de la cómoda. - ¿Qué habrá estado
haciendo en el cajón de mi cómoda? - pensó.
De repente se acordó de su caja de caramelos, y levantó
la tapa. Abajo en una esquina, el ratón había hecho
una entrada son sus dientes y había empezado a atacar los
caramelos.
- ¿Cómo pudo atreverse? - exclamó la niña
llorando - No los puse allí para él...La mamá
vino a la pieza de Leonilda para ver qué había sucedido.
Miró los trozos de papel y el cartón que el ratón
había roído y también los caramelos que había
probado con sus dientes agudos. Esos caramelos ya no estaban en
perfecto estado.
Entonces la señora dijo:
- No llores querida. Muchas veces suceden cosas así que arruinan
nuestros planes. Tal vez podamos pensar en otra afición para
ti.
- Esto no era una afición, mamá. Yo tenía un
propósito especial para esta caja de caramelos, y ahora este
ratón...- ¿Cuál era ese propósito especial,
querida? - preguntó la señora.
Leonilda alzó sus ojos llenos de lágrimas. ¿La
comprendería su mamá, o se reiría de ella?
Se trataba de un secreto precioso que la niña había
ocultado en su corazón durante mucho tiempo. Vaciló
un momento y luego dijo:
- Yo no me proponía comerlos, mamá. ¿Recuerdas
que en la Iglesia cantamos que debemos "Dar lo mejor al Maestro"?
Yo estaba guardando los mejores caramelos a fin de darlos a Jesús.
Y Leonilda se puso a sollozar.
Su mamá la estrechó en sus brazos tratando de consolarla;
recordó un versículo de memoria que dice "haceos
tesoros en el cielo donde no pueden ser destruidos ni robados."
- Hay muchas almas preciosas en el mundo que nunca han oído
hablar de Jesús. Constituyen los tesoros que los ladrones
no pueden hurtar ni destruir.
- Posiblemente los caramelos de tu caja valdrían unos dos
pesos. Vamos a poner esta cantidad en un sobre para mandarla a los
campos misioneros. Añadiremos otros dos pesos por las lágrimas
que el pequeño ladrón gris te ha hecho derramar. Pero
sólo los ángeles del cielo podrán conocer el
verdadero valor de la abnegación y el sacrificio que hizo
mi hijita al guardar los más lindos caramelos para el Señor
Jesús.
Así fue decidido poner el dinero aparte para las misiones
a fin de que ayudase a la obra de dar el Evangelio a los niños
y niñas que no lo conocen. La mamá y Leonilda se arrodillaron
para pedir a Dios que bendijera ese dinero que iban a colocar donde
los ladrones no podían hurtar ni destruir.
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