La ley de la herencia
La condición física
y mental de los padres se perpetúa en su posteridad.
Este es un asunto que no se considera debidamente. Cuando quiera
que los hábitos de los padres contraríen las leyes
físicas, el daño que se infligen a sí mismos
se repetirá en las generaciones futuras.
Mediante la cultura física, mental y moral todos pueden
llegar a ser colaboradores de Cristo. Muchísimo depende
de los padres. A ellos les toca decidir si traerán al
mundo hijos que serán una bendición o una maldición.
Cuanto más nobles sean los propósitos que animen
a los padres, cuanto más elevadas sus dotes intelectuales
y morales, cuanto más desarrolladas sus facultades físicas,
mejor será el equipo que para la vida den a sus hijos.
Cultivando en sí mismos las mejores prendas, los padres
influyen en la formación de la sociedad de mañana
y en el ennoblecimiento de las futuras generaciones.
Muchos padres son lamentablemente
ignorantes
Los que han sido encargados de la
propiedad de Dios, constituida por las almas y los cuerpos de
los niños formados a su imagen, deben erigir barreras
contra la sensualidad de esta época, que está
arruinando la salud física y moral de millares. Si se
pudiera remontar a la verdadera causa de muchos crímenes
cometidos en esta época, se vería que de ellos
es responsable la ignorancia de padres y madres indiferentes
al respecto. A esta lamentable ignorancia se sacrifica la salud
y la vida misma.
Padres, si no dais a vuestros hijos la educación que
Dios os impone darles por precepto y ejemplo, tendréis
que responder a Dios por los resultados. Estos no se limitarán
a vuestros hijos. Se extenderán a través de generaciones.
Así como un cardo que se deja crecer en el campo produce
una cosecha de su especie, los pecados resultantes de vuestra
negligencia obrarán para arruinar a quienes caigan dentro
de la esfera de su influencia.
Por qué hay que tener
más comprensión y paciencia
Los padres y las madres pueden estudiar
su propio carácter en sus hijos. A menudo pueden leer
lecciones humillantes cuando ven sus propias imperfecciones
reproducidas en sus hijos e hijas. Mientras procuran reprimir
y corregir en sus hijos las tendencias hereditarias al mal,
los padres deben pedir la ayuda de una doble dosis de paciencia,
perseverancia y amor.
Cuando un hijo revela los rasgos malos que heredó de
sus padres, ¿deben éstos airarse por esta reproducción
de sus propios defectos? De ninguna manera. Ejerzan los padres
una vigilancia cuidadosa sobre sí mismos, precaviéndose
contra toda tosquedad y rudeza, no sea que estos defectos se
vuelvan a ver en sus hijos.
Manifestad la mansedumbre y amabilidad de Cristo al tratar con
los pequeñuelos rebeldes. Tened siempre presente que
recibieron su perversidad como herencia de su padre o de su
madre. Tened por tanto paciencia con los niños que heredaron
vuestros propios rasgos de carácter.
Los padres deben confiar implícitamente en el poder de
Cristo para transformar las tendencias al mal que fueron transmitidas
a sus hijos.
Tened paciencia, padres y madres. Con frecuencia, vuestra negligencia,
pasada dificultará vuestra obra; pero Dios os dará
fuerza si queréis confiar en él. Obrad sabia y
tiernamente con vuestros hijos.
Por Elena de White