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Aceptar a Cristo
Hubo una vez una familia compuesta solamente por el padre y el hijo.
El padre, un anciano famoso artista, que amaba a su hijo. Además
se complacía en su hijo por el mismo hecho de ser un hijo
ejemplar. Era un hogar lleno de amor, y de comprensión.
Entonces un día estalló la guerra. El joven fue llamado
a defender su patria. El padre muy acongojado se despidió
de su hijo entre lágrimas y besos ya que iba a una misión
muy peligrosa, en la cual incluso podía perder la vida.
Una vez en el frente de batalla conoció a uno de sus camaradas.
Le relataba cómo era su padre, cuán unidos eran, y
cuánto amaba a su padre.
Un día llego lo inesperado, el joven quedó muy mal
herido. Aún agonizando hablaba lo mucho que amaba a su padre,
y lo orgulloso que se sentía de poder defender a su país.
El joven murió, y su padre al recibir la noticia quedó
muy desconsolado y triste, ya que su hijo había muerto por
defender a su patria.
Pasó un tiempo y el joven que conoció en el campo
de batalla, fue a visitar al padre del joven que había muerto.
Le contó que había conocido a su hijo y le recordaba
lo mucho que le amaba. Le entregó una hoja de papel algo
sucia. Había un retrato de su hijo en él. El padre
llorando le recibió, y el muchacho se fue dándole
sus sentidos pésames.
Al pasar los años el anciano murió solo y triste,
recordando al hijo que había perdido, al que tanto amó.
Quedó todo lo material que poseía: sus riquezas económicas,
sus bienes, cuadros, etc. Dejó claramente establecido que
en cuanto dejara de existir, todo fuera llevado a remate público.
Se cumplió al pie de la letra. Había mucha expectativa
por que había mucho por rematar. Empezó la subasta.
El martillero sacó el cuadro que su camarada le había
entregado a su anciano padre. El mismo se encontraba algo arrugado
y sucio con la imagen de su hijo al que tanto había amado.
Empezó ofreciendo la suma de 100,000 dólares. La gente
se reía burlonamente, pues había una cantidad muy
grande de interesados por que había pinturas muy valiosas,
entre otras cosas.
Pasaron alrededor de 30 minutos, y el martillero seguía ofreciendo
el mismo retrato de su hijo amado y fallecido. Molestos los presentes
pedían que se botara ese retrato y empezaran a rematar lo
más valioso que había dejado. Pasaron más de
2 horas, y nadie quería comprar el retrato, ya había
bajado el valor del mismo a 10,000 dólares. La gente seguía
insistiendo en que dejara de lado ese retrato.
Siguió pasando el tiempo y bajó el precio a 10 dólares.
La gente muy molesta pidió que se rematara ese retrato al
final de la subasta. Entonces, el jardinero del anciano, se acongojó
y sintió tristeza por ese retrato que tanto había
amado su patrón. Entonces, ofreció la cantidad pedida
de 10 dólares. El martillero comenzaba a gritar que si nadie
ofrecía más. Los presentes estaban muy molestos y
decían que de una vez se lo vendieran al jardinero. Se le
entregó el retrato al jardinero, y el martillero explicó
que se cerraba la subasta. La gente empezó a reclamar y a
gritar de por qué se había cerrado.
Entonces con voz entrecortada, explicó que al que compraba
el retrato de su hijo amado, en el reverso del retrato recibía
toda la herencia de todas sus riquezas.
Podemos entender que si recibimos a JESUCRISTO como nuestro Señor
y Salvador, también heredaremos todas las riquezas de nuestro
Padre Celestial.
Cuán grande es el amor de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,
que aun sin merecerlo tenemos ese privilegio hermoso de tenerlo
como nuestro Padre.
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