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El Queso
En el campo se trabaja con la vida. Quizá sea el aspecto
más característico de los trabajos rurales. Aquí
hay que respetar ciclos y hay que acompañar procesos. La
vida es así. Nadie puede sembrar trigo en Navidad y cosecharlo
en Pascua. Por más tierra que mueva, si no respeta las leyes
de la vida, lo único que consigue es perder tiempo. Cada
cosecha tiene su época, y está precedida por la siembra,
los laboreos y el crecimiento. A la vida hay que acompañarla
y alimentarla. No se la puede ni inventar ni apresurar.
Esto sucede así, hasta cuando se hace el queso. Algunos creen
que al queso se lo fabrica. Pero en realidad nace y madura como
cualquier realidad que tiene vida.
No quiero hacer alardes de conocimiento. Simplemente comparto lo
que yo mismo aprendí desde pequeño y luego comprendí
siendo ya mayor. Esto es bueno que lo sepan todos aquellos a los
que les gusta el queso.
Dos grandes realidades intervienen en su nacimiento: la cuajada
y el fermento. Lo primero, en realidad es algo muy sencillo. Todo
es cuestión de tener un poco de verdadero cuajo. Una pequeñísima
cantidad se mezcla con un gran volumen de leche, y en poco tiempo
se opera una crisis en la tina. Lo sólido se condensa en
la masa, y el líquido se separa formando el suero. Todo depende
de la fuerza vital del cuajo. Este verdaderamente es una fuerza
poderosa que actúa en forma inmediata, y su función
es muy precisa: obliga a optar, separa discierne la realidad profunda
y a cada cosa le da su identidad.
Pero si todo quedara ahí, y se pretendiera poner el resultado
en un molde, sólo se conseguiría un queso insulso,
o lo que es peor, uno se expondría a que el producto fermentara
de manera imprevisible. Se hace necesario el fermento.
Se trata de otra realidad viva. Un pequeño volumen de leche
ha sido previamente esterilizado, llevado a una temperatura óptima
aislándolo de las corrientes de aire y de las moscas que
pudiera haber en el lugar. Se le ha dado todo el tiempo necesario
para que en él se desarrolle la vida de ciertas bacterias
bien definidas, generalmente oriundas del lugar y que allí
se han sembrado con sumo cuidado, luego de haber constatado su pureza.
Con el fermento se es muy exigente. En él no pueden admitirse
interferencias de torso fagos, es decir de vida extraña o
contraria.
Este volumen de fermento es relativamente pequeño, en comparación
con el total de la leche que se está cuajando. Pero la intensidad
de la vida que tiene, hace que toda la masa adopte su proceso y
reproduzca sus notas fundamentales. Produce un efecto similar al
de la levadura en la masa del pan. De él depende el gusto
y la identidad específica. Un queso es de esta variedad,
y no de otra, gracias al fermento que lo ha hecho madurar. Y por
lo tanto su valor propio.
Muchas veces he sentido discutir el problema de lo que es prioritario
en al evangelización de la juventud. Algunos afirman que
la evangelización debería ser masiva, a fin de abarcar
la totalidad de los jóvenes mediante el anuncio escueto de
la buena noticia de Cristo Nuestro Salvador, para que los jóvenes
opten. Otros afirman que se deben preparar grupos de vida intensa,
que introducidos en la masa la vayan fermentando por su fuerza propia.
Creo que las dos realidades están muy lejos de oponerse.
Se exigen mutuamente. Un anuncio masivo, que lleve a la opción,
debe ser cualificado por la acción de grupos de una intensa
vida espiritual y comprometida. Estos grupos no se improvisan. Necesitan
ser preparados cuidadosamente y con una dedicación atenta.
Cristo mismo gastaba mucho tiempo con las multitudes, a las que
dedicaban a veces jornadas enteras. Anunciaba la realidad del Reino,
y la misericordia del Padre. Pero luego en privado, preparaba intensamente
a su grupito de discípulos, para que fueran fermento, sal
y luz. Con ellos era muy exigente.
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