Por Alejandro Bullón
" Y el menor de ellos dijo a su
padre..."
Lucas 15:12
Tenia apenas veinticinco años, pero pasaría el
resto de su vida envejeciendo lentamente en aquella celda fría.
Todo el mundo lo conocía por el sobrenombre de Bahiano.
Su fama de delincuente violento y peligroso estaba bien fundamentada
en siete asesinatos. Solo dentro de la prisión había
matado a dos reclusos. Estaba condenado a cuarenta años
de cárcel, y tenía, además, otros siete
procesos pendientes, lo que no le dejaba la mínima esperanza
de salir libre algún día.
Cuando hablo conmigo, sus ojos brillaban, tratando de esconder
la emoción que sentía su corazón. Ahí
estaba ese hombre duro, arrasado ahora por un remolino de sentimientos.
- Pastor, ore por mi madre - me dijo - . Ella es creyente –agregó
en voz baja. Me gustaría volver a ser un muchacho. Pienso
que comenzaría todo de nuevo y las cosas serian diferentes.
¿Te has dado cuenta de que, cuando
se es joven, se tiene la impresión de que la juventud
no va a terminar nunca? ¿Que nos parece que las
oportunidades son eternas? ¿Que la energía,
la salud y la fuerza estarán siempre a nuestra disposición?
"basta con dar un grito, extender la mano, y ellas vendrán
corriendo", pensamos. Pero el tiempo nos muestra dolorosamente
que no es así, y que esa etapa de la vida se va y no
vuelve nunca más.
En la parábola del hijo prodigo, el Señor Jesús
menciona deliberadamente "al menor de ellos", tratando
de mostrarnos de alguna manera la importancia de las decisiones
en esa época de la vida.
Existe, en el corazón humano, un sentimiento que durante
la juventud se acentúa, llevándonos a veces a
una búsqueda permanente y sin sentido. Es el ansia de
libertad. "!Quiero ser libre!", clama el corazón del
joven. "nada de barreras ni de prohibiciones. Quiero una tierra
sin fronteras".
El joven quiere conocer y probar todo. A veces basta con que
alguien le diga "no toques eso" para que él quiera sumergirse
con más ansiedad en las aguas fascinantes de lo desconocido.
Si alguien le dice que las drogas lo dañaran, el joven
no lo acepta. "¿Por qué?" - pregunta -. Quiero
probar por mí mismo. ¿Cómo sabré
que me hace mal si nunca lo probé?" Miles de personas
mueren anualmente victimas de cáncer pulmonar. No es
necesario ser religioso para saber que el tabaco acaba con la
salud, pero el joven contesta: "¿Cómo voy a saber
que el cigarrillo hace mal si nunca me dejaron probarlo?"
De repente, todas las atracciones del mundo se vuelven irresistibles.
Allá afuera no existen prejuicios, no existe moral. "Todo
depende de la cabeza de uno", dicen los defensores de la vida
sin compromiso. "¿Sexo antes del casamiento? No hay nada
de malo en eso. ¿No fue dios quien creó el sexo?
¡El amor es maravilloso! Lo que no debes hacer es
salir con una chica diferente cada semana; pero, si aquella
chica es la única novia que tienes, y la amas, Qué
puede haber de malo en eso?"
"¿El cine? ¿Por qué no? Hay cines donde
la reverencia es mejor que en muchas iglesias. ¿La película?
Eso no es problema; escoge una buena película. Y la bebida
¿Qué tiene de malo? No necesitas exagerar. Un
trago social, por compromiso, no tiene nada de malo; de lo que
tienes que cuidarte es de no caer en el vicio y transformarte
en un alcohólico".
¿No es más o menos así como racionalizamos?
"¿Por qué vivir angustiados, llenos de tabúes
y prohibiciones? Deja esa idea de cristianismo. Deja eso para
los viejos, primero vive la vida. Después que hayas conocido
y experimentado todo, entonces piensa en Dios".
Eso fue lo que paso con el hijo de la parábola. Un día
confundió las cosas y pensó que el padre cortaba
su libertad, que el padre quería mantener-lo siempre
subyugado y sin personalidad. Y entonces, pensó: "Basta
de normas, y reglamentos, quiero ser libre"
Cuánta razón tenia Jesús cuando dijo "y
el menor". Las estadísticas muestran que la mayoría
de los que abandonan la iglesia, lo hacen entre los 12 y 18
anos, o sea, siempre son los "más jóvenes". Pero
esto no tiene que ver solamente con la edad física; tiene
que ver también con la edad espiritual. Hay personas
que aceptan a Jesús con un entusiasmo increíble
y luego, en los primeros años de su crecimiento espiritual,
sienten el deseo de "tornarse libres" de vivir "sin los limites
que la iglesia impone" sin prohibiciones y sin normas. ¿Por
qué sucede eso? Sencillamente, porque confundimos el
cristianismo, porque pensamos que ser cristiano es tan solo
dejar de hacer las cosas malas y comenzar a hacer buenas obras.
Nos olvidamos que la obediencia sin una buena relación
Padre-hijo no tiene ningún valor. Entonces dejamos de
amarlo como a un Padre de amor y comenzamos a servirlo como
a un dictador. Dejamos de ser hijos y nos volvemos esclavos.
Al comienzo de nuestra experiencia cristiana, aunque no existía
una relación tal, con un poco de fuerza de voluntad y
dominio proprio, logramos cumplir todas las cosas. Pero, con
el correr del tiempo, comenzamos a sentir el peso de las normas,
que sin Cristo no tienen vida. Vivir sin Cristo, atormentados
por observar, sin su ayuda, un patrón de vida que nosotros
mismos nos hemos fijado, produce frustración interior.
Entonces, nos preguntamos: "¿Dónde está
la bendita paz de que nos hablan?" Además, sentimos la
presión externa debido a nuestra nueva fe. Los amigos
y los familiares nos dan la espalda, y muchas veces se burlan
de nosotros. Por otro lado, sentimos también la presión
interna, producto de la exigencia que nos hacemos de vivir por
nosotros mismos a la altura de los principios que conocemos.
Llega un momento en ese tipo de experiencia cristiana, cuando
Cristo pasa a ocupar el último lugar. Primero es la iglesia,
las normas, las cosas que podemos y que no podemos hacer, y
no queda tiempo para Cristo. Estamos tan preocupados en hacer
cosas para él, que nos olvidamos de detenernos y conversar
con él, de relacionarnos cada minuto y enriquecer nuestra
comunión con él.
Esta manera de encarar la vida cristiana nos lleva, finalmente,
a la conclusión que lo único que el cristianismo
hizo fue cercenar nuestra libertad. Entonces nos transformamos
en cristianos tan solo para cumplir las cosas y no para deleitarnos
en el compañerismo con Jesús.
De ahí, a querer volver a "la tierra de la libertad",
hay solo un paso. Y cualquier motivo será el pretexto
que nos faltaba. Si alguien nos miro mal, o no nos saludo, o
hablo mal de nuestro trabajo; cualquier cosa, por mínima
que sea, será motivo suficiente para romper nuestra relación
con la iglesia, porque nuestra relación con Cristo hacia
ya mucho tiempo que se había acabado. Nadie abandona
a Jesús de un momento para otro. Este es un proceso lento
y doloroso. Es un proceso que incluye sufrimiento y lagrimas.
Primero, frustración porque no hemos logrado cumplir
con lo que se esperaba de nosotros, después, remordimiento,
desesperación, nuevos intentos fallidos y, finalmente,
el abandono de la iglesia y el vacio del alma.
¿Por qué? Porque quizá nuestra juventud
espiritual no vio a Cristo en medio de lo que llamamos cristianismo.
Quizá nunca hayamos conocido a Jesús, y solamente
hayamos estado unidos a una iglesia. O tal vez, en algún
momento de la experiencia cristiana, dejamos de relacionarnos
con él y comenzamos a preocuparnos únicamente
por ser buenos miembros de iglesia.
¿Qué sucedió con el hijo menor de
la parábola? ¿Junto sus cosas y se fue, sin que
nadie lo supiera? ¿O busco al padre para tener
con él un dialogo abierto y sin rodeos? ¿Cuál
fue la actitud del padre? ¿Cómo nos trata Dios
cuando cuestionamos su autoridad? Vealo
la proxima semana....
Por Alejandro Bullón