Por Alejandro Bullón
“No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente”. Lucas 15:13
Hace muchos años, fui a predicar a una gran ciudad del estado de Minas Gerais, Brasil. Después de la predicación, un hermano me invitó a comer a su casa. Durante el almuerzo me habló con mucho entusiasmo de su hijo, un muchacho de 16 años, rubio, de ojos azules. La conversación giró en torno de los planes que tenía para su hijo.
- Va a estudiar medicina – me dijo -, y cuando se reciba, voy a vender la chacra y construir una clínica para él.
¡Cuánta alegría, cuánta esperanza y expectativa! Era maravilloso ver un cuadro semejante.
Un año después volví a aquella ciudad y, una anoche, después de la predicación, aquel mismo padre me buscó desesperado.
- Pastor, necesito que vaya a mi casa y ayude a mi hijo – dijo afligido.
Fuimos. Esta vez el cuadro era completamente diferente. El joven parecía un gato salvaje. Tenía la cara llena de granos y los ojos enrojecidos.
Un tic nervioso en los ojos hacía que su aspecto fuera más deprimente. Se asustó cuando me vio. Me hubiera sido imposible reconocerlo si el padre no afirmara que era el mismo muchacho rubio, de ojos azules, que había conocido un año antes. ¿Dónde estaba la pureza de su mirada? ¿Dónde estaba aquel rostro sereno de sonrisa agradable?
¡Un año! ¡Apenas un año! Era tan poco tiempo, las drogas habían deformado completamente aquella joven vida.
“No muchos días después”. Esto revela la rapidez con que el pecado estropea las cosas que toca. El ser humano comienza a jugar “inocentemente” con el pecado y, poco tiempo después, está atado de la cabeza a los pies.
Primero, es un cigarro, sólo por curiosidad. Después, uno más para “probar realmente el sabor” y, poco tiempo después, el vicio domina por complete al individuo.
Primero, es una simple mirada; después, un prolongado apretón de manos con una mujer que no es la esposa y, poco tiempo después, el hombre tira todo la ventana, y hasta abandona la familia, los amigos, y la iglesia.
Todo comienza con un “trago social”, apenas por compromiso, para agradar a los amigos y, poco tiempo después, está tirado en un rincón habiendo perdido hasta el respeto propio.
Los enamorados comienzan con una caricia leve, aparentemente inocente. ¿Qué hay de malo en eso? Poco tiempo después, terminan prisioneros de sus instintos y con sentimientos de culpa que los atormentan horriblemente.
Recibo centenares de cartas de jóvenes que jugaron con el pecado. Sólo por curiosidad, para no “pasar por tontos” y, poco tiempo después descubrieron que estaban atados de pies y manos. Se sintieron como Pedro en alta mar, con el agua hasta el cuello, impotentes y sometidos por completo al poder del enemigo.
“Estoy escribiendo esta carta para decir que fui miembro de la iglesia durante 8 años, pero me aparté y estoy fuera, y no logro retornar. No siento deseos de retornar, siento vergüenza. Estoy hundido en la bebida y el vicio. ¿Por qué, pastor, porque es tan difícil retornar? Tengo vergüenza de todos. Vivo escondiéndome de los hermanos. Estoy perdido. ¡Ayúdeme, por favor!”
El clamor angustiante de esta carta, recuerda la actitud del hijo pródigo que “no muchos días después” se fue a un país distante, porque cerca del padre no podría vivir de la manera como quería vivir. Aunque el padre no le dijera nada, su mirada cariñosa sería una permanente represión al estilo de vida que había adoptado. Aquí encontramos una importante verdad en relación con el pecado. Es imposible pecar en la presencia del padre. Es difícil hacer lo malo en presencia de los seres que amamos. Por eso es necesario huir, esconderse, partir para un país distante. Lo que más desea el pecador es estar lejos del padre, lejos de los conocidos, lejos de la iglesia. Esa es la única manera de vivir sin restricciones. Así comienza la triste experiencia de la huida, que a veces no tiene fin.
El ser humano trata de olvidar todo lo que tiene que ver con Dios. “No me hable de Dios, ni de los hermanos, ni de la iglesia. Quiero borrar todo eso de mi vida. Es un capítulo cerrado”. Pero Dios continúa hablando, llamando, suplicando. Es difícil no oír su voz invitándonos. Cada detalle de la vida: el canto de un pajarito, el capullo de una rosa que se abre, el amanecer del día, el crepúsculo, un accidente, una enfermedad, en fin, a través de cualquier otro detalle, parece que Dios nos está diciendo: “Hijo, ahí donde estás, te amo. Vuelve a mis brazos de amor”. Pero el hombre continúa escapando hacia una tierra lejana. Cansado, sin fuerzas, casi al borde de la locura; pero continúa corriendo, tiene miedo de parar, porque no quiere oír la voz de Dios. Esta es una actitud peligrosa que necesita ser analizada.
¿Oíste hablar del pecado contra el Espíritu Santo? ¿En qué consiste? Una de las doctrinas maravillosas de la Biblia es la doctrina del perdón. Cristo murió por nosotros y, con su muerte, pagó el precio de nuestros pecados. Si caemos a sus pies y lo reconocemos como nuestro Salvador, él paga nuestras transgresiones. No importa el tipo de vida que hayamos vivido hasta ahora. No importa cuán bajo hayamos caído. La palabra de Dios dice que “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados”.
Pero hay un pecado, el pecado contra el Espíritu Santo, que según la Biblia, no tiene perdón.
¿En qué consiste el pecado contra el Espíritu Santo? ¿Por qué Dios no lo perdona? ¿Cómo puede alguien saber si ha cometido ese terrible pecado?
Las respuestas en la próxima semana…
Por Alejandro Bullón