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La alocada huida que nunca acaba – Parte 2


Por Alejandro Bullón

¿Oíste hablar del pecado contra el Espíritu Santo? ¿En qué consiste? Una de las doctrinas maravillosas de la Biblia es la doctrina del perdón. Cristo murió por nosotros y, con su muerte, pagó el precio de nuestros pecados. Si caemos a sus pies y lo reconocemos como nuestro Salvador, él paga nuestras transgresiones. No importa el tipo de vida que hayamos vivido hasta ahora. No importa cuán bajo hayamos caído. La palabra de Dios dice que “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados”.
Pero hay un pecado, el pecado contra el Espíritu Santo, que según la Biblia, no tiene perdón.
¿En qué consiste el pecado contra el Espíritu Santo? ¿Por qué Dios no lo perdona? ¿Cómo puede alguien saber si ha cometido ese terrible pecado?
Vamos a ilustrarlo en forma práctica. Luis es un joven que nació en la iglesia. Es un miembro activo y dedicado. Como todo joven, Luis tiene amigos en la universidad donde estudia. Un día los amigos lo invitan a una fiesta de cumpleaños que se realizará un sábado de tarde. La primera respuesta de Luis es “no”. Pero los días pasan, y los amigos insisten: “No va a haber nada raro. Es tan sólo una fiesta de cumpleaños.” Lo peor de todo es que, entre los amigos que insisten, está una joven que a Luis le gusta. Finalmente, llega el sábado. Luis va a la mañana a la iglesia. A la tarde, después del almuerzo, siente con más intensidad la lucha entre dos voces en su corazón. Una de ellas dice: “Ve”; la otra dice: “No vayas.” Luis no sabe qué hacer. En ese momento suena el teléfono. Es la joven de la que hablamos.
            - Hola, Luis. ¿No me vas a hacer eso, no?
Luis se dirige hacia el lugar de la fiesta. En el trayecto oye una voz que le habla fuerte al corazón: “Luis, tú no puedes hacer eso, hoy es el día del Señor. Tienes que estar en la reunión de la sociedad de jóvenes”. Pero Luis sigue adelante. La voz no lo deja. Casi lo atormenta. Esa voz es insoportable, es la voz del Espíritu Santo hablando al corazón.
Finalmente, Luis llega al lugar de la fiesta. Hay mucha alegría y música para todo el mundo, menos para él. La voz continúa, hablándole siempre. El se siente mal y no logra quedarse mucho tiempo allí. Vuelve a su casa, corriendo. Se echa en la cama y llora. La voz continúa: “¿Por qué, Luis? ¿Por qué? Lastimaste el corazón de tu Amigo.” Luis promete no hacerlo nunca más.
El tiempo pasa. Otro día los amigos lo invitan a un pic-nic en sábado. La lucha recomienza en su corazón. Una voz le dice: “Ve, Luis. Ya fuiste una vez”. La otra insiste: “Luis, por favor, ¿recuerdas cuán triste quedaste la otra vez?” Esta última es la voz del Espíritu Santo; pero Luis trata de silenciarla para no oírla.
En el ómnibus, mientras van al pic-nic, la voz continúa hablándole: “Luis, hoy deberías estar en la iglesia. Es sábado”. Pero Luis intenta distraerse para no escucharla. En el pic-nic, los muchachos y las chicas tocan la guitarra, cantan, saltan y, después, comienza la música, el baile, la cerveza. Luis no puede llegar a tanto. Por lo menos esta vez no bebe cerveza.
Pero la vida continúa, y los pic-nics, las fiestas y las salidas en sábado se repiten con mayor frecuencia. La voz del Espíritu sigue hablando, suplicando, aconsejando. Luis siempre trata de olvidarla, de distraerse para oírla. Lo que él no percibe es que la voz, lentamente, con el correr de los días, se va apagando… apagando… apagando… hasta que un día ya no la oye más.
Cada vez que recibía una nueva invitación, Luis accedía con mayor facilidad. La voz le habla cada vez más bajo. Ahora Luis no sólo va, sino que participa en todo: baila, fuma y bebe. Ya no hay nada que lo intimide, nada que le duela. No espera una nueva invitación, por el contrario, trata de que lo inviten. Ya no existen los principios. Ya no existe el “amigo Jesús. Ya no existe la iglesia. Comienza a justificar sus actitudes. Piensa que todo el mundo está equivocado, que la iglesia es arcaica, que todo depende de cada uno, de lo que cada uno piense. Así Luis comienza a defender el error.
¿Dónde está la voz que aquel primer sábado cuando los compañeros de la universidad lo invitaron para una fiestita de aniversario, le habló tan alto a su corazón que lo instó a abandonar la reunión y volver a casa y llorar? ¿Dónde está la voz del Espíritu Santo, que tantas otras veces habló, suplicó e imploró?
Nuestro corazón, mi querido amigo, es como la palma de la mano: Si no estás acostumbrado a trabajos pesados, y un día tomas una azada, la mano comenzará a doler. Si dejas la azada, la piel continuará lisa y sensible. Pero si continúas, a pesar del dolor, aparecerá una ampolla, la ampolla reventará y, poco a poco, la piel se engrosará y dará lugar a lo que conocemos con el nombre de callo. Es una especie de cuero duro e insensible. Nunca más sentirás dolor.
El dolor que sentimos en el corazón cuando comenzamos a recorrer caminos equivocados, es la voz de Espíritu Santo. Pero si no la escuchamos, si no le hacemos caso, el dolor disminuirá poco a poco, hasta dejar el corazón endurecido. No hay más dolor, ni sensibilidad. Esto es lo que la Biblia llama pecado contra el Espíritu Santo.
¿Por qué no puede Dios perdonar este pecado? ¿Será porque lo ofendimos tanto que ya no quiere saber nada de nosotros? No. No es por eso. El amor de Dios es un amor infinito, misterioso e incomprensible. A pesar de nuestros errores, de nuestra osadía, de nuestra rebeldía contra la voz de su Espíritu, él continúa amándonos. Pero, ¿por qué, entonces, no perdona el pecado contra el Espíritu Santo?
No porque él no quiera perdonarlo, sino porque el ser humano que llega a cometer ese pecado, no siente que está haciendo mal. Todo está bien para él. Nada hay que le duela, nada que lo toque. No siente ya la voz de Dios suplicando a su corazón. En consecuencia, vive anestesiado en su pecado. No siente necesidad de arrepentimiento, ¿Para qué? El no cree que va por mal camino. Ya no pide perdón, porque no siente necesidad de él. Y Dios no puede forzar al ser humano a aceptar el perdón. El pecado contra el Espíritu Santo es imperdonable. No porque Dios no lo quiere perdonar, sino porque el hombre no quiere el perdón.
Tal vez en este momento estés pensado: ¿No será que muchas veces, cuando su voz me llamó, continué haciendo cosas equivocadas? ¿Qué hacer si me estuviera distanciando de la voz de Dios? ¿Qué hacer si hoy, por haber rechazado tantas veces la voz del Espíritu Santo, él no me habla al corazón con la misma intensidad con que me hablaba antes?
Cuando era misionero entre los indios campas, en la Amazonía peruana, viví una experiencia que me enseñó una gran lección. Debía pasar aquella noche en la floresta, y decidí hacer una hoguera. El fuego es vida para el indio. Con él prepara sus alimentos durante el día; y de noche es luz, protección y calor.
            - Pastor – me habían dicho los indios - , si alguna vez tiene que pasar la noche en la selva, haga una hoguera. El fuego lo calentará y ahuyentará los bichos e insectos nocturnos.
Acordándome de eso, busqué leña y armé una hoguera de cazador, que sirve para cocinar y dar luz y calor. Había aprendido eso en las clases de liderazgo JA. Busqué los fósforos en la mochila y, para sorpresa mía, la caja estaba completamente húmeda. Uno a uno se fueron acabando, sin conseguir sacar de ellos nada más que chispas. ¡Me asusté! Me quedaban sólo 5 o 6 fósforos. Y si no lograba prender uno, tendría que pasar la noche en medio de la oscuridad de una selva desconocida. ¡Temblé de sólo de pensarlo! Sabía lo que eso significaba.
Traté de recordar todo lo que había aprendido en la especialidad de fuegos y fogatas. Busqué un nido abandonado porque los nidos de pajaritos tienen, por lo general, material que arde muy fácilmente. Busqué  ramitas y hojas secas. ¡Listo! Estaba en la recta final. Froté dos paltos más. La chispa apareció y desapareció como las otras veces. Me saqué la camisa y la coloqué del lado que venía el viento, para evitar la corriente del aire.
            “! Ahora sí! – pensé para mí mismo - ¡Tiene que ser ahora!”
Otra vez, sólo una chispa… Casi corrí detrás de ella, soplando suavemente para ver si recobraba la vida. ¡Nada!
            “! Es ahora o nunca!” Temblé y oré a Dios.
La chispa brotó al frotar un palito y corrió hacia el material inflamable del nido. Soplé. La chispita se hizo mayor. Coloqué un pajita. Continué soplando. Otra hoja seca, otra ramita. Una rama mayor, otra hoja y, en poco tiempo, ¡el fuego en su plenitud! Estaba salvado. Gracias a Dios, no pasaría aquella noche en la oscuridad y el frío. Tenía luz. Tenía calor. Tenía fuego. ¡Estaba salvado!
¿Entendiste? A veces, por esas cosas que tiene la vida, nos vamos distanciando de Dios, nos vamos poco apoco hacia una provincia distante. Lejos del Padre, lejos de la iglesia, lejos de los hermanos, lejos hasta de nosotros mismos. Allá en la tierra de la angustia, de la desesperación, de la soledad, quedamos solos, perdidos y tristes. Y clamamos a Dios en nuestro corazón, y él nos responde: “ !Sí, querido hijo. Yo nunca te dejé de amar, mi Espíritu siempre estuvo llamándote. Ven, ahora, a mis brazos de amor!”
Es posible que en este momento la voz de Dios esté ardiendo en tu corazón como una gran fogata. Si así fuera, da gracias al Padre y permite que el Espíritu Santo continúe iluminándote y dirigiéndote. También es posible que la voz de Dios sea apenas un fuego pequeño en tu vida. En ese caso, por favor, no dejes que se apague. Y, ¿qué pasará si la voz del Espíritu en tu vida no es más que una pequeña chispa? Por favor, préndete a ella desesperadamente. No permitas que desaparezca. Obedécela, déjate guiar por ella, escúchala. Al principio será más que una chispa; pero luego se transformará en fuego y, si continúas oyendo y obedeciendo al Espíritu, se transformará en una hoguera de vida.


Por Alejandro Bullón

 
 
 
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