Por Alejandro Bullón
Era una tarde soleada en la ciudad brasileña de Belo Horizonte.
Estaba casi llegando al cruce de la avenida Alfonso Pena con la
calle San Pablo, cuando te vi. Hacía mucho tiempo que no
te veía. Trataste de huir, de cruzar hacia la vereda de
enfrente, de volver sobre tus pasos; pero nuestro encuentro era
inevitable. ¡Tenía que suceder! Te saludé
y tú bajaste la cabeza. Te conocía muy bien. Sabía
quién eras, de modo que puse la mano sobre tu hombro y
te pregunté:
- ¿Qué pasa?
- Tengo vergüenza, pastor – dijiste tímidamente –
Tengo vergüenza de encontrarme con los hermanos. Huyo de
ellos, y vivo escondiéndome.
- ¿Por qué?
- ¡porque estoy fuera de la iglesia!
- Lo sé. Pero también sé que Dios te ama
mucho y que está esperándote con los brazos abiertos.
La iglesia también te quiere. Sé que los hermanos
están orando para que vuelvas. ¿Por qué no
vuelves?
Su voz se quebró por la emoción que embargó
todo su ser, y entonces dijo algo que nunca podré olvidar:
- Ya es tarde, pastor. ¡Ya es demasiado tarde! Estoy hundido
hasta el cuello. ¡Nunca podré regresar!
- Pero, ¿por qué? – apelé – Dios te ama.
El nunca dejó de esperarte.
De repente, su voz cambió. Ahora parecía tranquilo.
Sus ojos miraban con frialdad. Me habló como si calculara
cada palabra que decía.
- Adiós, pastor. No diga nunca más que Dios me ama.
Yo fui demasiado lejos, y para mí ya no existe la posibilidad
de regresar.
Entonces, se fue. Yo quedé allí parado, viendo cómo
se perdía en medio de la multitud. Nunca más lo
vi, ni volví a tener noticias suyas, pero estoy pidiéndole
a Dios que, de alguna manera, estas páginas lleguen un
día a sus manos, y a las manos de tantos que, como tú,
un día partieron para no regresar jamás… Esta es
la súplica del Padre: ¡HIJO, VUELVE A CASA!