Por Alejandro Bullón
“Un hombre tenía dos hijos…” Lucas 15:11
Hacía mucho calor aquel sábado de tarde mientras
subíamos la cuesta que llevaba al cementerio. Mis hermanos
y yo nos dirigíamos allí, caminando en silencio,
para visitar la tumba de nuestro padre. La última vez que
lo había visto estaba muy enfermo, pero no había
lágrimas en sus ojos, como en las otras despedidas. El
brillo de la esperanza iluminaba su viejo rostro marcado por el
dolor y los años. Algo dentro de mí me decía,
aquel día, que estaba viendo a mi padre por última
vez en este mundo; y sin embargo, regresé al Brasil. Un
mes más tarde, un sobre con los bordes blanco y rojo, los
colores del Perú, me trajo la noticia fatal: “Papá,
murió”.
“Es allí”. La voz de mi hermano me sacó de mis pensamientos.
Levanté los ojos y vi la pequeña tumba blanca. Una
extraña mezcla de sentimientos se posesionó de mí
ser. ¿Tristeza? ¿Nostalgia? ¿Recuerdos? ¿Esperanza?
Tal vez todo eso junto. Tal vez tan sólo la nostalgia alimentando
la esperanza. O quizá sólo la esperanza borrando
la tristeza y endulzando la nostalgia. Cerré los ojos,
como queriendo arrancar recuerdos de la oscuridad. Intenté
decir algo, pero sentí que sería inútil.
¿Para qué? El ya no me oiría. Sus restos
estaban allí, insensibles, inertes, esperando el día
glorioso de la resurrección. Me trague mis palabras, recuerdos,
y nostalgias. Sólo dejé aflorar en la mirada la
esperanza del reencuentro con aquel hombre sencillo, que se fue
gastando como una vela para ver a sus hijos realizados en la vida.
El Señor Jesús conto un día una parábola
usando la elocuente figura de la relación padre-hijo, para
expresar el tipo de relación que quiere tener con el ser
humano. “Un hombre tenía dos hijos”, dijo. Aquí
se describe el secreto de una vida victoriosa y feliz. El cristianismo
es, sobre todo, un relacionamiento con la persona de Jesús.
¿Sabes cuál es la tragedia de la religión
de muchos? Que nosotros, los seres humanos, tendemos a sustituir
la vida interior por las cosas exteriores, y a preocuparnos más
por las cosas que se ven, por las formalidades, por la parte externa
de la religión, que por la parte interna. Vivimos toda
la vida tratando de ser buenos por nosotros mismos. Luchamos una
y otra vez, pero nunca lo conseguimos. Entonces nos frustramos
y pensamos que el cristianismo no sirve. “No es para mí”,
decimos, y abandonamos todo. ¿Por qué? Porque medimos
el cristianismo sólo por las cosas equivocadas que dejamos
de hacer. Sin embargo, Dios, mide el cristianismo por el tipo
de relación que tenemos con él. Para los hombres,
a menudo el cristianismo es solamente sinónimo de buena
conducta. Para Cristo, es sinónimo de relación.
La buena conducta será siempre una consecuencia natural
de la relación con Cristo.
En la parábola del hijo prodigo, el Señor Jesús
trata de decirnos que Dios nos mira como hijos, y no solo como
“criaturas que tienen el deber de obedecer”. No nos mira como
si fuéramos computadoras sin alma, sin corazón,
sin vida, fabricados con el deber de hacer todo correctamente.
El apóstol Juan exclama: “Mirad cuál amor nos ha
dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. Y Dios
mismo dice: “Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de
Egipto llamé a mi hijo”. Encontramos aquí el sentido
íntimo del tipo de relación que predica el cristianismo.
Nosotros lo amamos porque él es nuestro Padre. Nosotros
le obedecemos porque lo amamos, y lo servimos con placer debido
a los íntimos lazos que nos unen. Esto revitaliza el cristianismo.
Ver a Jesús no sólo como nuestro Salvador, sino
también como nuestro Padre y Amigo, nos ayuda a vivir una
vida espiritual abundante y feliz, nos guarda del legalismo, del
fariseísmo, y de la pseudo-ortodoxia.
Aquellos cuya religión se basa en el amor, no sucumben
a las asperezas y pruebas de la vida. Pero, cuando el amor disminuye,
entonces nos parece que las reglas aumentan. Cuando amamos a alguien,
no necesitamos pensar en las reglas para servirlo. Por supuesto,
las leyes y normas son necesarias, para dar expresión pormenorizada
a los principios; pero el amor nos conduce naturalmente a lo que
es correcto. El hombre que ama no obedece las normas porque sean
obligatorias. Por el contrario, su obediencia es la consecuencia
de su amor.
En esa relación Padre-hijo, lo que Dios más desea
es tenernos cerca de su corazón. Lo trágico del
pecado no es el hecho que quebremos una norma escrita. Lo trágico
es el hecho de que nos apartemos de Dios. Entonces, en lugar de
amarlo, comenzamos a tener miedo de él; en lugar de buscarlo,
huimos de su presencia y nos escondemos. Dios, nuestro Padre amante,
no puede soportar eso porque nos ama y quiere volver a tenernos
en sus brazos.
“Un padre tenía dos hijos” ¡Cuántos mensajes
en estas poca palabras! Dios está diciendo que para él
no existe diferencia entre sus hijos. El puede ser padre de dos,
mil o un millón de hijos; su capacidad de amor no tiene
fronteras. Durante todo este tiempo, en que por algún motivo
de la vida anduviste lejos de él, ¿piensas que su
corazón no sangro? El sabe dónde estuviste. Siempre
lo supo. Conoce tus angustias, tus tristezas y tus rebeldías.
Te ama así como eres, aunque quiere transformarte. En medio
de la multitud, tú eres único. Siempre sintió
tu ausencia. Tu lugar estuvo siempre vacio porque para Dios nadie
es ni será como tú.
Cuando mi padre llegó a los 80 años, mis hermanos
prepararon una emotiva fiesta de aniversario. Estaba todo listo.
Había luces, colores, alegría, música, y
también la torta que en ocasiones como ésa no puede
faltar. En mi casa paterna la mesa es grande, somos nueve hermanos,
y con las nueras, yernos y nietos, la familia creció. Todos
tienen su lugar designado en la mesa, pero, aquella noche yo estaba
en Brasil, y mi lugar en la mesa estaba vacío. Quince días
después, recibí una carta de mi padre que decía:
“Hijo, la fiesta estuvo linda, pero faltabas tú. Tus hermanos
trataron de alegrarme, pero los recuerdos me apretaban el corazón.
Me dolía ver aquel lugar vacio”. ¿Entiendes lo que
Dios quiere decirte? La fiesta allá en los cielos podrá
ser muy bonita, pero, sin ti, nada será igual. Tu ligar
estará siempre vacío.
Si alguna vez paso por tu cabeza la idea de que no eres muy importante,
sácala y tírala lejos, por favor. Si alguna vez
alguien te dio a entender que no haces falta, olvida lo que te
dijo y perdónalo. Levanta los ojos y mira a tu Padre con
el corazón abierto, esperándote. No lo veas tan
sólo como un juez severo, listo para condenarte; trata
de verlo como el Padre que está dispuesto a restaurar la
unión y la comunicación.
En el Evangelio de San Lucas encontramos una parábola que
ilustra muy bien el amor y la paciencia del Padre para con nosotros.
“Tenía un hombre una higuera plantada en su viña,
y vino a buscar fruto en ella, y no lo halló. Y dijo al
viñador: He aquí, hace tres años que vengo
a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala;
¿para qué inutiliza también la tierra? El
entonces, respondiendo le dijo: Señor, déjala todavía
este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone.
Y si diere fruto, bien; si no, la cortaras después”.
Casi siempre tenemos la idea de que Cristo es bueno y el Padre
es malo, un juez intransigente. Pensando así, al leer este
texto concluiremos: Dios es el dueño de la higuera, es
aquel que en la parábola no tiene paciencia y esta dispuesto
a cortarla porque no producía frutos. Pero Cristo intercede
y dice: “No, Señor, espera un poco, permíteme trabajar
con ella un año más”.
¿No es ésa la impresión que tenemos a primera
vista? Siempre, por alguna razón, tenemos la idea de que
Dios es intransigente, que está dispuesto a juzgar y listo
para condenar; pero, no es así. En esta parábola
el Señor está ilustrando el carácter del
Padre. El es amor y justicia. El tiene principios, pero ellos
son la expresión de su misericordia. El espera frutos,
pero tiene paciencia. Generalmente mucha más paciencia
que la que nosotros mismos tenemos. Su justicia dice: el ser humano
debe alcanzar este blanco. Pero su misericordia clama: espera
un año más, continuaré trabajando con él,
continuaré dándole oportunidades, continuaré
amándolo, continuaré creyendo en el.
Cuando cerramos los ojos y tratamos de imaginar a Dios, ¿qué
imagen ve nuestra mente? ¿Te sientes atraído por
él? ¿Tienes ganas de correr a sus brazos, a pesar
de lo que puede haber en tu vida? ¿O tienes miedo de él?
¿O piensas que estás condenado para siempre porque
un día te resbalaste y te apartaste de él?
“Un hombre tenía dos hijos”. ¡Hijos! Eso es lo que
tú y yo somos para Dios. Nosotros no lo merecemos, pero
él nos hizo sus hijos. No somos dignos de él, pero
el se complace en llamarnos hijos. El no tiene vergüenza
de decirle al universo entero que yo soy su hijo y que él
me ama, a pesar de lo que soy. ¡No lo comprendo, pero te
lo agradezco, oh Dios!